Una ternura que acompaña


 

Quito, D.M., 14 de febrero de 2026

 

Queridas y queridos familiares y amigos:

 

A diferencia de lo que suele suceder en un espacio como el colegio en el que trabajo, creo que aquí la audiencia no es tan joven como para no recordar aquello que ocurrió hace tiempo. Les digo esto porque probablemente ustedes y yo teníamos uso de razón cuando el sucre era la moneda oficial de curso legal en el Ecuador. Y no sé si todos, pero seguramente recuerdan que había fracciones del sucre, los centavos, y que a una de esas piezas, la de diez centavos, se la llamaba “real”, o simplemente los “reales”.

 

Probablemente también recuerden que, hace años, muchas cosas se compraban a través de los reales. Y cuando se hablaba de reales, se usaba una expresión que más bien significaba “poco”. Por ejemplo, cuando alguien decía que eran “cuatro reales de pan” o “cuatro reales de dulce”, quería decir que apenas se obtenía una pequeña porción.

 

Sin embargo, no siempre los cuatro reales eran algo pequeño. Mi papá, que hoy nos ha congregado aquí, comenzó su vida con una inversión; una inversión que podría parecer mínima, pero que probablemente fue la más importante de todas.

 

Cuando era niño, hace ya cerca de ocho décadas, vio una estampa de La Dolorosa del Colegio que quiso comprar. Seguramente le despertó una profunda devoción aquella imagen pequeña, que, una vez adquirida, pronto colocó en un marco; un cuadro que lo acompañó durante toda su vida: en sus distintos trabajos y, en estos últimos años, en su casa, en su habitación. Hoy incluso lo acompaña en el féretro, y con ella su cuerpo pasará a su morada eterna. Esa estampa la compró con cuatro reales.

 

Y yo no había comprendido del todo, hasta estos días, que esa estampa tenía casi ochenta años. Sabía que había estado a su lado desde siempre, pero no conocía su origen. Solo recientemente, a partir de su enfermedad, pude descubrirlo. Y es precisamente esa imagen la que, creo, hoy explica muchos tramos de su vida, de nuestra familia y también de la mía, de la de mi mamá y de mi hermana. Probablemente era la pieza que faltaba en este gran rompecabezas que da sentido a tantos caminos de nuestra historia.

 

Y quizás desde ahí se empieza a entender quién fue mi papá y cuál fue su manera de actuar con nosotros.

 

Esta mañana, Daniel, el Padre Provincial, me preguntaba por algunas cualidades de mi papá que quisiera destacar. Y pensé, sobre todo, en tres.

 

La primera, su sencillez. Como todos ustedes saben, mi papá fue siempre un hombre sencillo. No pasaba desapercibido, pero su presencia nunca imponía ni incomodaba. Nunca fue el centro de la fiesta, ni la figura que acaparaba las miradas. Más bien, desde su humildad, nos enseñó a dar luz sin necesidad de brillar, a estar, a contemplar y a participar. Nos enseñó que la verdadera presencia va más allá del espectáculo.

 

La segunda, su trabajo. Fue un hombre profundamente trabajador. Y nos enseñó, no con grandes discursos, sino con su vida. Cuando mi hermana o yo hacíamos algo mal, mi papá —a diferencia de mi mamá, que con razón nos llamaba la atención con firmeza y nos daba largas “habladas”— solía intervenir de otra manera: la tranquilizaba a ella y nos tranquilizaba a nosotros, recordándonos que ya habíamos entendido el error, que éramos capaces de comprender y de corregir.

 

Su pedagogía fue el testimonio cotidiano: trabajar desde muy joven, tras la pérdida de su mamá, mi abuelita, hasta prácticamente el inicio de la pandemia, cuando tuvo que cerrar la imprenta en la que trabajó durante toda su vida. Una labor honesta, incansable, íntegra. Y ustedes saben que, en ese oficio, no faltan oportunidades para desviarse. Recibió propuestas, más de una vez, para involucrarse en prácticas poco transparentes. Siempre las rechazó con serenidad y firmeza, con la paz de quien se conoce y tiene claro el camino. Ese fue un gran ejemplo de rectitud que mi hermana y yo aprendimos muy pronto y que marcó profundamente nuestras vidas.

 

La tercera, su vida de hogar. No recuerdo, en toda mi vida, que haya antepuesto un deseo personal, un hobby o una preferencia propia al bienestar de la familia. Sus planes eran los que acordábamos juntos. Sus decisiones se construían en común. Supo siempre poner a la familia por encima de cualquier otra circunstancia, incluso —me atrevo a decir— por encima de sí mismo.

 

Sencillez, trabajo honesto y dedicación a la familia: tres rasgos que marcaron su vida y que nos enseñó con su ejemplo.

 

Y, sin embargo, no era poco. Tenía una personalidad que atraía. Se sumaba al humor de los demás y disfrutaba la vida. Tenía pocos amigos, pero entrañables; de esos que confiaban en él sin reservas.

 

Y esa manera de ser también se reflejaba en su relación con los demás.

 

Le gustaban las fiestas. Era bueno para bailar, para reír, para disfrutar. Mi tía —que rara vez bailaba, por su salud y su carácter— a él, y solo a él, nunca pudo negarle un baile. Mi abuela, mujer de carácter fuerte, matrona de la familia, nunca tuvo un desencuentro con él, incluso cuando vivimos juntos durante algunos años. Siempre lo quiso, siempre lo cuidó. Y él fue siempre respetuoso con ella, con la familia, con amigos y conocidos.

 

Eso es lo que hoy más valoro y recuerdo. Por eso, aunque el corazón esté triste y chiquito, también está profundamente agradecido: por sus ochenta y seis años de vida, por sus cuarenta y nueve años de matrimonio —cumplidos apenas el pasado 22 de enero—… el bandido no quiso llegar a los cincuenta… y por los cuarenta y siete años que yo he tenido el regalo de compartir con él.

 

Querido y respetado: así fue mi padre. Respetado no porque se impusiera, sino porque, desde su sencillez, su trabajo y su coherencia, lograba pacificar, convocar, atraer, hacer familia.

 

Estoy seguro de que las pocas cosas buenas en el proceder de mi hermana y de mí se las debemos, sobre todo, a la formación de mis padres. Si hay incoherencias, probablemente son cosecha nuestra. Pero lo valioso, sin duda, nació del hogar.

 

Muchos de los momentos más felices de nuestra vida también han sido posibles gracias a los amigos que ese mismo hogar nos permitió tener: amigos como ustedes, que hoy nos acompañan y que han sido parte fundamental de este camino.

 

Para terminar, y a manera de confesión —porque esto no lo sabe mi familia—, quisiera compartir algo que he contado durante años a muchos alumnos en los ejercicios espirituales, algunos de los cuales, hoy ya exalumnos, están aquí.

 

Cuando hablo de la ternura de Dios, suelo usar una imagen. Y la historia que les contaré a continuación la he escuchado de varias personas, en versiones coincidentes:

 

Cuando yo era un bebé, el mayor anhelo de mi papá era que yo gateara. Me dicen que, al volver del trabajo, mi papi llegaba a casa, se quitaba la corbata, me ponía en la cama o en la alfombra, se colocaba sobre mí y me enseñaba: mano derecha, pierna izquierda… mano izquierda, pierna derecha… con paciencia infinita, queriendo que su hijo —su primogénito, que además llevaba su nombre— aprendiera.

 

Pero yo no lo hice así. Preferí saltarme todo eso y simplemente ponerme de pie.

 

Y un día, en la playa, en un viaje al que me llevaron mis papás siendo aún muy pequeño, al sentir la arena comencé a caminar. Y entonces su anhelo cambió: ya no era verme gatear, sino acompañar mis primeros pasos.

 

Yo avanzaba, y él iba detrás, con los brazos extendidos, sin marcarme el camino, sin imponer dirección, pero cuidando que no cayera.

 

Esa es la imagen que he compartido durante años: la de mi propio padre. Porque estoy convencido de que así mismo es Dios: no impone ritmos, no obliga caminos, pero cuida nuestros pasos con una ternura infinita, brazos extendidos para que no nos hagamos daño.

 

Y entonces todo cobra sentido. Aquella inversión de cuatro reales. Esa presencia silenciosa de La Dolorosa del Colegio, que nos ha acompañado siempre. Mi papá, mi mamá, mi hermana y yo hemos vivido bajo ese amparo.

 

Y así, después de varios días de hospitalización, tras haber mejorado y recuperado el ánimo, lúcido y risueño, regresó a casa, tras recibir el alta médica. Y allí, en su habitación, en su cama, rodeado de su familia, de la mano de mi mami, su “Rosarito querida”, su “señora Charito”, con la misma sencillez con la que vivió, cerró los ojos y volvió al Padre.

 

Hoy, aquella inversión de hace tanto tiempo nos envuelve en el perfume de las rosas que ustedes han tenido la bondad de ofrecerle para acompañarlo hasta su última morada.

 

Ese era mi padre. Y hoy, aun en medio del dolor, también damos gracias a Dios por el regalo de haberlo tenido con nosotros durante tanto tiempo.

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