“Consagrarse” o “hacerse sagrado”

El 1 de abril pasado mis alumnos de primer curso en una espléndida ceremonia realizada en la Iglesia de La Dolorosa se consagraron como hijos de La Dolorosa del Colegio.

Me hacían recordar hace quince años, en abril de 1991, cuando yo mismo, con un temblor que me recorría todo el cuerpo, era entregado a esa tierna mirada de la mano de mi propia madre.

Bien decía el Chino: consagrarse es volverse sagrado. Es nada más y nada menos entrar en esas aguas en las que no se puede distinguir muy bien lo humano de lo divino, o mejor dicho, se reconoce lo divino cuanto más humano se es capaz de ser.

Consagrarse a una madre que apunta siempre a su Hijo es comprometerse profundamente más que con una imagen de billetera y estampa; es comprometerse con el Amor hasta las últimas consecuencias, en todas las circunstancias, en cada momento de nuestras vidas.

Comprometerse es educarse para compartir con otros esa suerte procurando vencer las barreras que nos separan, es cansarnos pero reemprender de nuevo la búsqueda de la dignidad, es gustar de hacer bien las cosas, de “humanizarnos”, de regalar sonrisas, de ver más allá de nuestros propios bolsillos o de nuestra propia comodidad.

Consagrarse; comprometerse es ser hijo: es formar una familia, una comunidad que nos permita abrirnos al otro, especialmente si ese otro necesita un poquito más de mí.
Significa gastarse y desgastarse, “amar hasta que duela”, como diría san Alberto Hurtado, de “en todo amar y servir” como san Ignacio, “siempre listos, siempre los primeros...”
Solamente cuando hayamos experimentado ese Amor que nos amó primero como a hijos que somos, seremos capaces de retribuir y hacernos un poco más divinos haciendo posible el milagro de multiplicar el Amor: de alguna forma ser las manos de Dios aquí en la tierra.

Comentarios

Entradas populares