El papelito de la nominación...

Como otras cosas en mi vida, mi inicio de "patriotismo" comenzó obligado.

Recuerdo bien aquella primera obligación de cuando segundo grado no era más que segundo grado (digo, sin calificativos como el post moderno "de básica") en el que me tocó aprenderme de memoria: "yo tengo una bandera más bonita que el sol, tres franjas, tres colores, toda ella es un primor... ".

Y bueno, eso al menos tenía algo de arte, lo que permitía digerir mejor el patriotismo.

Luego, descubriría que el amor a Dios es más importante que el amor a la Patria. Igual, desde que tenía uso de razón, seguíamos perennemente con posibilidades matemáticas de clasificar al mundial de fútbol, al que nunca habíamos llegado...

A los 16, el patriotismo por primera vez me haría temblar desde la entrañas... pasé días y días pegado a la televisión casi sin parpadear cuando en el alto Cenepa tropas ecuatorianas y peruanas disputaban un territorio que casi no sabía que existía, pero que lo sentía como profundamente mío. Ver a cientos, quizá miles de personas que se ofrecían como voluntarios para defender la Patria, noticias de muchos actos de solidaridad y un sticker pegado en el parabrisas del auto de mi familia por el pago de un impuesto para recaudar fondos para la guerra no declarada que mantuvimos, me hacían por primera vez hacer vivo el concepto de país... "concepto" que sería completado luego cuando conocí catorce niños de una escuelita suburbana de Quito a los que también "me tocó" nivelar académicamente debido a que era mi trabajo estudiantil práctico que se hacía en quinto curso y era necesario para la obtención del bachillerato ...

En eso descubrí que "la Patria" no es una circunscripción territorial y no tiene que ver primariamente con una magnitud de superficie, sino que son rostros concretos, historias de personas que incluso a quince minutos de la capital carecían de vías, prácticamente de transporte, y de un almuerzo o una merienda en casa...

Descubrí que la vida se la juega por la vida y no por unos colores ni por imaginarios colectivos. Descubrí que la soberanía es la libertad... libertad para la vida, libertad para la dignidad compartida entre unos y otros... entre todos.

Pronto me daría cuenta también que muchos militares no sabían eso y simplemente se limitaban a aplicar la fuerza, -y un montón de "elevadísimos" conceptos-, sin demasiado discernimiento, casi a ciegas; a veces hasta por obstinación... Y por eso ahora ya no me caen tan bien que digamos.

Mi participación en la vida "política" que también fue obligada por esa terrible sentencia de cumplir la "mayoría de edad", comenzó con otra serie de obligaciones: el papelito de la nominación para ser miembro de la JRV. ¿A que no adivinan qué significan las siglitas?

Pues sí, miembro de la Junta Receptora del Voto.
Y, pese a que no es nada simpático comparecer al lugar que a uno le designan a las 6 de la mañana, atender hasta las 17 horas y luego hacer un conteo de votos que incluyen 200 votos de presidentes, 200 de 14 diputados, 200 de 8 concejales, no sé cuantos consejeros y algún etcétera que me olvido, la experiencia ciertamente resultó provechosa: el Tribunal Electoral había decidido nombrar miembros de las JRV a estudiantes universitarios (ellos no sabían que "algunos" son los que siempre terminan en los bares cercanos a sus campus tomándose todo lo que se cruce... y hasta las... que se pueda)... Bueno, no creerán que por eso resultó provechosa la experiencia, sino porque aunque todo eso es cierto, lo que descubriría ese día me mostró otro rostro de todos esos jóvenes, el de la solidaridad...
Sí, pues aunque las primeras conversaciones cursaban sobre el buen cuerpo de las chicas que se acercaban a votar en la mesa de junto, pronto me sorprendería por la ayuda que prestaríamos todos a las personas que buscaban su mesa de votación, incluso acompañando a ese "viejito resongón" que aunque tenía casi 80 años y dificultades para escuchar, ver y caminar todavía creía que se cumple con la Patria cuando se ejerce el derecho al sufragio.
Dar información, saludar amablemente, contar algún chistecito quiteño para que los de la fila no se aburran mientras esperan, comprar unas galletas no solo para nosotros sino para las chicas de la JRV de al lado (no sé exactamente las intenciones de esas galletas...), el afán de coordinación para el conteo y el poder compartir el momento político del país... todo eso pude vivir en una jornada que se extendió por cerca de 14 horas.
Aunque no lo quiera reconocer, una oportunidad de formar comunidad de ciudadanos, de construir país.
Tantas cosas suceden de manera obligada, la diferencia es encontrar la forma en como cumplir con aquello que alguna vez me predicaban profesores de secundaria... "para servir mejor"...

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