La venta de la dignidad

Mi nombre es Francisco Javier, así, llanamente nombrado sin pomposos sufijos y sin esconderse detrás de ninguna estrella o barra de honores.

Vivo en una zona popular y tomo transporte público. Como pocos, tengo la alegría de tener un trabajo estable con el cual no solo me gano la vida sino que desarrollo mi vocación, me encuentro con otros seres humanos y comparto con ellos también sus propias construcciones de vida.

En mi trabajo, soy responsable del buen vivir de muchas pequeñas vidas, de casi un millar de ellas. Día a día vibro con sus sonrisas y me preocupo cuando dejan de reír, de saltar, de conversar sobre lo que les pasa. Sé por experiencia propia, porque lo he palpado, que muchos hombres y mujeres ecuatorianos, y otros extranjeros enamorados de esta linda tierra, sirven con sus labores desde cuando sale el sol hasta el ocaso y aún después de él, a sus familias y a esa gran comunidad que llamamos país.

Reconozco con tristeza que nuestro pueblo convive con la injusticia; donde falta más trabajo y hay grandes desigualdades entre pocos que lo tienen todo y grandes mayorías que viven con casi nada.

Y por eso trabajo... y por eso mi dignidad no se vende.

Por eso creo en las personas; en el esfuerzo, por ellas, de cada día, aunque eso no se refleje en mi salario; en ser cada vez más creativo y buscar superarme junto con mis compañeros, con mis amigos, con mi familia, buscando que los que menos tienen alcancen a conocer sus derechos y que los hagan efectivos.

Mi dignidad no se vende por unos honores ni por un salario; los bonos se ganan por un trabajo efectivo, honrado y las mejores condecoraciones las alcanzo cuando quienes me conocen me pueden ver a los ojos y me hacen sentir "señor".

Mi juez será mi conciencia y eso exijo del resto de personas. Que mi bienestar sea el producto del de todos y todas, y no el de unos pocos que hacen parte de mi grupo.

Ojalá yo mismo aprendiera a trabajar más y a hablar menos, a construir y no a echar abajo. Y que nunca hable de mis derechos si no reconozco primero los derechos de los demás, que son norma suprema.

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