Los pecados de Haití
Por: Eduardo Galeano
16 de enero de 2010
16 de enero de 2010

La democracia
haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura
hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en
los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general
Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a
tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente
Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto
popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de
querer un país menos injusto.
El voto y el veto
Para borrar
las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del
general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los
archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para
recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval,
obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene
cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial,
aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el
voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus
ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras
a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le
contestan ordenándole:
-Recite la
lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que
desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos
para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por
perdido el examen.
La coartada demográfica
A fines del
año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la
miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les
explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:
-Este es un
país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre
haitiano siempre puede.
Y se rió. Los
diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las
cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de
las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma
cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado.
En sus días
en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue
deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la
conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.
En realidad,
la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las
potencias occidentales hablaban más claro.
La tradición racista
Estados
Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando
logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo
constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces
Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación
militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que
tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de
civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había
incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de
conservar la civilización que habían dejado los franceses”.
Haití había
sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación
de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu
lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si
no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde
los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible
tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya
puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.
En cambio,
Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se
distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza
y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era
obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al
esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el
designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado
al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente
y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume,
había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas,
como el loro que habla algunas palabras”.
La humillación imperdonable
En 1803 los
negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte,
y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití
fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado
antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las
plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos,
decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han
sido, son y serán inferiores.
La bandera de
los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada
por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra
contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate.
Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad.
Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.
El delito de la dignidad
Ni siquiera
Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el
reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su
lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado,
gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves
y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los
esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió
con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran
Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las
naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a
Inglaterra.
En realidad,
las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían
teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían.
Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta
años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.
Estados
Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de
independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía,
descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia
entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de
carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país
al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de
pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber
cometido el delito de la dignidad.
La historia
del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es
también una historia del racismo en la civilización occidental.
La maldición blanca
El primer día
del año 2004, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se
enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a
ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario
de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que
acabó volteando al presidente Aristide.
Haití fue el
primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más
difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese
histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que
había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica
ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan
poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la
esclavitud.
Nada tiene de
nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo.
Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que
de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en
esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en
otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras
tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los
dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el
Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.
Haití ha
vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en
las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios
trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido
para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.
Desde la
revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una
colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio
occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al
abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio
proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los
ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.
De la
maldición blanca, no se habló.
La Revolución
Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:
– ¿Cuál ha
sido el régimen más próspero para las colonias?
–El anterior.
–Pues, que se
restablezca.
Y, para
reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de
soldados.
Los negros
alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la
liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las
devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra
feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación
infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a
pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose.
Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro.
El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna
que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos
totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la
deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por
fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los
Estados Unidos.
A cambio de
ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país
la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.
En 1915, los
marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que
hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El
ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se
resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en
sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros
tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del
poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud,
pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No
fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne
Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en
la plaza pública.
La misión
civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar
una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible
asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República
Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de
Somoza y de Trujillo.
Y así, de
dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las
desventuras y los años.
Aristide, el
cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de
los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y
una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y
otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra
vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.
Pero los
expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras.
País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había
obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal.
Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había
liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional.
Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en
mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades
del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en
los diarios.
Ahora Haití
importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos
internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir
los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.
En la
frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran
cartel que advierte:
El mal paso
al otro lado: está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.
En ese
infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de
recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y
martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados
populares.
Haití es un
país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si
fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


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