Un testimonio
Por Alberto Hurtado Cruchaga, S.I.
He
encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar
de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un
poco sorprendido, me ha abierto su alma; he aquí su secreto:
“Ud. me pregunta cómo se
equilibra mi vida. Yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido
por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje
terrible de los negocios, Congresos, Semanas de Estudio, conferencias
prometidas por debilidad, por no decir no, o por no dejar esta ocasión de hacer
el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante
acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará primero en tal
apostolado urgente, en que la victoria materialista aún no es definitiva. Soy
con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben.
No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que
las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia
Dios.
¡Oh bendita vida activa,
toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me
conduce, para encontrarme y dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible;
en mis preocupaciones, mi único refugio.
Las horas negras vienen
también. La atención tironeada continuamente en tantas direcciones, llega el
momento en que no puede más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces
ha obedecido, pero ahora ya no puede... La cabeza está vacía y adolorida, las
ideas no se unen, la imaginación no trabaja, la memoria está como desprovista
de recuerdos ¿Quién no ha conocido estas horas?
No hay más que resignarse
durante algunos días, algunos meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse
testarudo sería inútil: se impone la capitulación; y entonces, como en todos
los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego todo mi ser y mi querer a
su providencia de Padre, a pesar de no tener fuerzas ni siquiera para hablarle.
Ah, y cómo he comprendido su
bondad aún en estos momentos. En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo
buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía
bastante para Él... ahora sí... en mis días de sufrimiento yo no tengo más que
a Él delante de mis ojos, a Él sólo... en mi agotamiento y en mi impotencia.
Nuevos dolores en mis horas
de impotencia me aguardan. Las obras a que me he entregado, gravemente
amenazadas; mis colaboradores, agotados ellos también a fuerza de trabajo; los
que deberían ayudarnos redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan
vuelta la espalda o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza,
nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra nosotros; la
situación es como desesperada; el materialismo triunfa; todos nuestros
proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra.
¿Nos habíamos engañado? ¿No
hemos sido trabajadores de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en
nuestra patria, resistirá a tantos golpes? Pero la fe dirige todavía mi mirada
hacia Dios. Rodeado de tinieblas me escapo más totalmente hacia la luz.
En Dios me siento lleno de
una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo
me abandono todo entero entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo y
de mí mismo. Mi alma por fin reaparece tranquila, serena. Las inquietudes de
ayer, las mil preocupaciones porque "venga a nosotros su Reino" y aun
el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus
enemigos... todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en
lo más espiritual de mi alma. Dios: la roca inmóvil contra la cual se rompen en
vano todas las olas. Dios, el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña;
Dios, el triunfador definitivo está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al
término de mi amor. Toda mi alma está en Él, y luego, dulcemente, seguramente,
como si los combates de la vida y las inseguridades e incertidumbres me
hubieran completamente abandonado. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su
fuerza. Me ama.
Yo no sería nada sin Él.
Simplemente yo no sería. Y he aquí que me ha dado naturaleza y ser, y pasando
por encima de mis pecados, que Él ha cubierto con su Vida, he aquí que me ha
divinizado.
Yo lo conozco, yo lo amo con
el conocimiento con que Él se conoce, con el amor con que Él se ama. Estoy
lejos, muy lejos, de los ruidos del mundo y de sus negocios. Estoy en Él, por
encima de mí mismo, como si no fuera un pecador, como si yo no lo hubiera
rechazado jamás, como si hubiera sido siempre de la familia...
El optimismo que en esos
días de triunfo del mal me había abandonado, ha vuelto. La Iglesia triunfa, en
cada uno de sus hijos; en primer lugar, los que se han entregado a ella... y en
los cuales se establece invadiéndolo todo, el reino de Dios; en los que se
revuelven contra ella, pero que vuelven de vez en cuando a pedir perdón, y cuyo
último instante, a pesar de todos los desfallecimientos, será un instante de
plegaria y de amor.
La Iglesia de Dios se
establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de
sus contemplativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la
obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y
de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha.
Por las horas de fábrica, de navegación, de campo a sol y lluvia; por el
trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano. Por la resistencia del
patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero,
al acto deshonesto que enriquece. Por el sacrificio de la viuda tuberculosa que
deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado. Por la energía del miembro
de la Juventud obrera Católica que sabe permanecer alegre y puro en medio de
egoístas y corrompidos. Por la limosna del pobre que da lo necesario... La
Iglesia en todo momento se construye y triunfa.
No, no es hora de
desesperar. Dios se sirve aun de sus enemigos para establecer su reino. Su
voluntad no es totalmente mala, su razón no está totalmente obscurecida. Cuando
ven y quieren el bien, lo que ciertamente hacen, construyen también con
nosotros, son instrumentos de Dios.
Para el cristiano, la
situación no es jamás desesperada. Por la luz que recibimos de lo alto, por el
don que cada uno hace de sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá
sino después de rudos combates”
... Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero he comprendido su lección: si lo encuentro siempre alegre, siempre valiente, no es porque le faltan dificultades, sino porque en medio de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa, su optimismo vienen del cielo


Comentarios
Gracias,
Jorge Gómez
Gracias,
Jorge Gómez