Hoy les debo confesar...

Nunca fui bueno haciendo filas.

Ni filas de pie en el cajero del banco, ni turnos en las filas de sillones, ni esperas en las médicas salas de espera (que para mí debieran llamarse salas de desespera), ni los lines en los aeropuertos gringos.

Quizá por eso es que no soy bueno confesando. Pero... -entiéndame bien usted-, no crea que soy un criminal que es malo contando los detalles de un crimen, ni un hombrecillo que hace de la mentira su modo de vida... Hablo de confesar: aquello que termina haciendo el cristiano luego de hacer la fila detrás de otros tantos pecadores que compungidos por sus penas buscan reconciliarse con Dios. Recuerde, nunca fui bueno haciendo filas...

Menos mal que los jesuitas que conocí me libraron de las filas de las confesiones y me trataron menos como cliente y más como amigo, sino hubiera ido directo a parar en el infierno de Dante en no sé qué paila por falta de absolución.

Ya como amigo es otra cosa: cambiado el foco de atención de la larga serpiente numerada a la persona humana cargada con su historia, su familia, sus esperanzas, sus voluntades y limitaciones; con su opción fundamental...

Y aprendí a confesar-me, aunque me-cuesta todavía.

Confesar que soy menos serio de lo que aparento, más dormilón de lo que imaginan, más curioso de lo que se nota y que siempre he sido fiel, -o al menos lo he intentado con conciencia-.

Confesar que soy tímido de parte de padre y dejo escapar algunas lágrimas por linea materna (que es quizá la única linea que me gusta y me hace bien).

Reconocer, bajo secreto de confesión, que de un tiempo acá pienso que la justicia no tiene porqué estar ciega, que es más bonita aquella que toma partido por el más desvalido, por el que menos tiene, por el que más necesita.

Confesar, -y no hacerlo sería casi un pecado-, que me encanta la Coca Cola, una buena comida con buena compañía y un vaso de bon vino.

Que hay situaciones que todavía no sé cómo manejar y que no tengo respuestas para todo.

Que hago poco ejercicio y que leo menos desde que manejo. Que me inquieta el no tener un plan. Y que me revientan las entrañas aquellas personas que utilizan a otros para sus pequeñeces, ante quienes no me interesa mostrar compasión.

Hoy les debo confesar que me encanta soñar, porque en los sueños las ideas vuelan sin orden, sin hacer filas: vienen, van, vuelven, se mezclan... Y escribir, porque en ello encuentro más pretextos para ser quien soy.

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